Opinión / Firmas (Tribuna libre)

La nariz de Rubalcaba

Escrito por José María Gruber

{xtypo_dropcap}¿{/xtypo_dropcap}Cuándo le crecía la nariz a Pinocho? Llevo obsesivamente observando el rostro del ministro Rubalcaba en sus más que frecuentes comparecencias ante los medios para informar de los logros de la lucha antiterrorista. Si fuese un experto en fisionomía quizá podría averiguar lo que su rostro oculta. Pero no lo soy. No me vale tampoco el dicho popular de que la cara es el espejo del alma. Entre otras cosas porque Rubalcaba aparece siempre naturalmente frío, monótono, locuaz pero inexpresivo, impertérrito. Y, al final, caigo en la vulgaridad de fijarme en su nariz. Por aquello del cuento de Pinocho. No sé si le está creciendo pero, lo cierto es que tiene una señora nariz.

De lo que no encuentro referencia alguna, en el acervo popular, es algo que se pueda relacionar con las cejas de Zapatero que quizá fuese más interesante. Por eso me he centrado en Rubalcaba.

Ironías aparte. ¿Por qué me fijo tanto en Rubalcaba? Quizá porque sea de los políticos más valorados, según las encuestas. Y me mosquea que un ministro de Interior sea popular. Por eso me fijo tanto en lo que dice y en cómo lo dice. Y no tanto en lo que hace pues él bien que lo pregona. Llevo así de obsesivo todo un año.

No sé si Rubalcaba dice lo contrario de lo que piensa con intención de engañar, y eso sería mentir, según el catecismo. O si sólo es que oculta premeditadamente parte de la verdad, lo cual sería también una mentira. O si, simplemente, dice lo que piensa, sin darse cuenta de que puede estar engañándose a sí mismo. ¿Será verdad aquello de que una mentira, muchas veces repetida, acababa convirtiéndose en verdad? ¿Es posible que Rubalcaba nos esté engañando a todos todas las veces? Confieso que, la mayoría de las veces, no sé si Rubalcaba nos está engañando o si lo que dice es verdad. Con la última información sobre la detención de los dos supuestos miembros de ETA me ha pasado lo mismo. Hay cosas que no casan, aunque, con el terrorismo por medio, a la mayoría parece no importarle. Su principal éxito radica en ser el Ministro del Interior que ha detenido y encarcelado a más cúpulas de ETA. Son ya tantas que ni siquiera a él le excita el hecho.

Detiene a cúpulas terroristas como quien lava. Y nosotros, crédulos, lo escuchamos sin apenas reaccionar. En esto del terrorismo siempre me quedó grabada aquella definición de lo que hay que hacer en la lucha antiterrorista, puesta en boca del jefe de los paracas franceses, en la película de Pontecorvo, “La batalla de Argel”. En ella se afirmaba que la clave para acabar con el Frente de Liberación Nacional de Argelia era acabar con la cabeza del movimiento. Dice el militar: “el terrorismo es como la solitaria. Le puedes cortar parte del cuerpo, hasta todo el cuerpo, pero, si no le aplastas también la cabeza, siempre le volverá a crecer la parte amputada y seguirá viviendo”.

En el caso de Rubalcaba, las cosas parecen ser de otra manera. Aquí, lo que se amputa y reproduce constantemente es la cabeza. Y lo que parece que Rubalcaba no acaba de conseguir es aplastar el cuerpo. Y no es que no lo intente. Entre ilegalizaciones de partidos, de candidaturas, de asociaciones y colectivos, de cierres de periódicos y emisoras, de embargos de herrikotabernas, de registros, de prohibiciones de manifestaciones y ruedas de prensa, el número de personas detenidas, procesadas, condenadas y encarceladas, y la cantidad de miles de euros de fianzas recaudados, baten todos los récords. Quizá no entendamos que con tanto aplastar la cabeza, puede que el ministro esté consiguiendo que el cuerpo crezca y engendre constantemente nuevas cabezas. La eficacia de su estrategia se mide por números. Cuanto más etarras encarcelados “más libres somos los demás”. Cuantas más armas incautadas, más tranquilos podemos caminar por la calle. No sabemos cuántos comandos está operativos, aunque nos dicen que cada vez son menos. Con la detención del último “se ha evitado que haya más víctimas”. Siempre hay un último. Hay muchos últimos. “Los amigos de los que matan son igual de culpables”. Da lo mismo que sean muchos. Es un discurso repetitivo.

Por otra parte, se corre un tupido velo sobre los medios empleados para que los detenidos confiesen. Todos cantan en comisaría. Siempre me ha extrañado que los terroristas canten a coro y voluntariamente, y con tanto detalle, sin nadie que los presione. Ser terrorista e incauto, a la vez, no concuerda. Pero me he acostumbrado a oírlo y, al final, pienso que pueda ser posible que así ocurra, aunque nadie me haya dicho hasta ahora que cantar voluntariamente en las comisarías sea una consigna de ETA contenida en sus manuales. Por eso, me explico que haya quienes se escandalizan cuando se habla de torturas. Y es que, de verdad, ¿para qué torturar a quien te va a contar espontánea y gustosamente, con pelos y señales, todos los planes y entresijos de su organización? Pero ¿qué es, en concreto, lo que me ha hecho pensar que todo este galimatías es una gran mentira? Ni más ni menos que las palabras dichas por el propio Rubalcaba, ahora ha hecho un año, de que “aunque los amigos de ETA condenen a ETA y su violencia, no van a ser legalizados ni van a poder presentarse a las elecciones”. Así de rotundo fue el ministro. No volverán a entrar en las instituciones, ellos ya no podrán hacer la política que, según la Constitución, todos podemos hacer.

No importará que los jueces tengan o no algo que decir. Lo dice el ministro y basta. ¿Fueron las palabras de Rubalcaba un lapsus? ¿Por qué pasaron tan desapercibidas? ¿Por qué no produjeron el obligado escándalo nacional, cuando lo lógico es que todos debíamos haber puesto el grito en el cielo? Tantos años exigiendo “que condenen” y, al final, ¡no les valdrá de nada que lo hagan! Porque, digan lo que digan, hagan lo que hagan, para Rubalcaba, será una farsa. Y Rubalcaba no está para farsas. Él sabe lo que anida en nuestros corazones. Él conoce las intenciones de todos. No le importa que haya un juez Andreu que le recuerde que los ciudadanos tenemos algunos derechos y que es bueno que los ejerzamos. ¿Nos tiene engañados Rubalcaba? ¿Contra qué lucha realmente el ministro? ¿Contra la violencia de ETA? ¿Contra los etarras? ¿Contra “sus amigos”? ¿O realmente contra quienes tienen un planteamiento político distinto y quieren defenderlo y llevarlo a la práctica? Me parece que contra esto último. Si es así que se diga claramente. Que aquí no hay derecho a disentir. Que hay que cambiar la Constitución. Que todo el que atente, de pensamiento, palabra u obra, contra la unidad de España, será perseguido y encarcelado. Que se diga.

Ya lo han dicho los obispos, que la unidad de España es un bien moral y que pecará quien vaya contra ella. Quizá ya no se escandalice nadie por oír estas cosas. Ni nadie se extrañe de que a Rubalcaba le crezca la nariz. Nos estamos acostumbrando a todo.

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